Viento norte, temperatura de 35 grados. Es diciembre, tal vez, no lo recuerdo. El sudor se desliza lentamente por la frente. A lo lejos la Avenida Rodriguez de Francia y Perú se muestra llameante en la selva del asfalto. Camino lentamente por la calle junto con el caótico tránsito de un viernes por la tarde deglutiendo a bocinazos a cada móvil en cuatro ruedas, y dos.
Las veredas son vericuetos agresivos con mercaderías por doquier, partes rotas dispersas, vehículos varados y basura. El recorrido es como el ambiente, agresivo. Con tropiezos. Vueltas. Atajos.
¿Qué buscas mamita? ¡Vení te muestro! ¿Qué querés señora? Te estiran del brazo, luchas para huir. O simplemente eludís a la vendedora sedienta. Tu destino es otro, solo pasas por el lugar.
Entre el andar, surcas entre vereda y asfalto. Das la vuelta alrededor de autos estacionados y zas; te encontrás con un repartidor de Coca Cola regando la rueda de su propio vehículo. De la sorpresa, frenas y te sonrojas. En cambio, el flamante hombre te coquetea en demostración de macho alfa. Pasas de largo, e intentas seguir caminando por la selva del asfalto.
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