Caleidoscopio

Caleidoscopio

lunes, 16 de octubre de 2017

La selva del asfalto

Viento norte, temperatura de 35 grados.  Es diciembre, tal vez, no lo recuerdo. El sudor se desliza lentamente por la frente. A lo lejos la Avenida Rodriguez de Francia y Perú se muestra llameante en la selva del asfalto. Camino lentamente por la calle junto con el caótico tránsito de un viernes por la tarde deglutiendo a bocinazos a cada móvil en cuatro ruedas, y dos.

Las veredas son vericuetos agresivos con mercaderías por doquier, partes rotas dispersas, vehículos varados y basura. El recorrido es como el ambiente, agresivo. Con tropiezos. Vueltas. Atajos.

¿Qué buscas mamita? ¡Vení te muestro! ¿Qué querés señora? Te estiran del brazo, luchas para huir. O simplemente eludís a la vendedora sedienta. Tu destino es otro, solo pasas por el lugar.

Entre el andar, surcas entre vereda y asfalto. Das la vuelta alrededor de autos estacionados y zas; te encontrás con un repartidor de Coca Cola regando la rueda de su propio vehículo. De la sorpresa, frenas y te sonrojas. En cambio, el flamante hombre te coquetea en demostración de macho alfa. Pasas de largo, e intentas seguir caminando por la selva del asfalto. 

viernes, 2 de junio de 2017

EL PUNTO DEL BRILLO

Mirando cada ventanilla de las empresas de transporte y esperando un gesto de aprobación, recorría en la cálida mañana asuncena, el niño Juan Pérez de tan solo 12 años. Lustrabotas de oficio y estudiante de sexto grado en sus ratos libres. La Terminal de Ómnibus de Asunción era su lugar de trabajo durante seis horas de lunes a sábados.

El hermano del medio, eso creía que era Juan. Vive en un asentamiento pobre en Lambaré, distante a unos 20 kilómetros de la Terminal de Asunción. Su día iniciaba puntualmente a las 4.00 para dirigirse a su puesto laboral, como lo define a ese espacio.

“Hoy llegué temprano”, mencionó a uno de sus cotidianos clientes, un guarda de transporte de la empresa Guaireña. El peculiar cliente despistado y sumergido en los chats del WhatsApp hizo caso omiso a aquel relato. El niño, tímido, entonces se sumergió de vuelta en su mundo.

Eran las 5.00 de la madrugada y Juancito, como lo llaman sus amigos, ya pesquisaba por los primeros clientes antes del alba. Con entusiasmo siempre inicia con el ritual de lustrar zapatos untando el betún en los calzados, solo tiene para el color negro. Tras el procedimiento que lo hace de manera cuidadosa para no manchar la ropa del cliente, procede a cepillar el resto del betún de manera profesional. Lleva como tres años en el buscándole el brillo a los zapatos.

Entre charlas o el silencio, su gama de clientes no sobrepasa 20 al día. El paso final consiste en dar brillo al calzado de los transeúntes de la Terminal, a esos zapatos que caminan tanto como él.

Mientras espera el cobro por el trabajo que hizo con el sudor de la frente, no puede evitar preguntar si puede volver al día siguiente para repetir el mismo paso: lustrar el calzado del nuevo cliente que se ganó.

La Terminal de Ómnibus de Asunción; que en épocas altas cobija a más de 70.000 viajeros, alberga a 18 lustrabotas que se dividen el horario en dos turnos de 6.00 a 12.00 y de 12.00  a 18.00. Pobre de aquel que sea encontrado lustrando botas fuera de horario. “Es suspendido”, comentó Juan a unos de sus clientes más preguntones del día. Este grupo de trabajadores informales tiene su código de disciplina. Los educadores nos controlan, añadió al referirse a los trabajadores sociales de la Secretaría de la Niñez y Adolescencia que controlan a los niños trabajadores.

El niño se alberga diariamente en el lugar, menos los domingos que se queda a descansar.  Mientras un letrero de la empresa de transporte la Encarnacena invita con el lema “Disfrute del placer de viajar”, el niño lustrabotas solo concreta ese viaje en sus pensamientos. Juan se resigna a trabajar, no hay otra salida. Es el menor de ocho hermanos. Tres varones y cuatro mujeres. “Ayuda”, responde tímido ante la pregunta de sus clientes si lo que junta diariamente permite cubrir los gastos.

Mientras en otro rincón de la pequeña Terminal, un lustrabotas -un hombre de casi 60 años- se dispuso a dar brillo al calzado de cuero de un guardia. Sentado ya en el piso con el cepillo untado de betún, el pie del cliente se dispuso a caminar y se retiró del lugar sin dar argumentos.

El guardia perdido en su mundo, atendió una llamada del celular y se fue lentamente del lugar, bajo la atenta mirada absorta del lustrabotas, que resignado cogió su caja y siguió su camino en busca de otro cliente.

Una paloma posa en la baranda del segundo piso. Ellas dominan la zona. Mientras al fondo se oyen risas y llanto de despedidas y encuentros. En pleno día laboral. La terminal pierde su brillo. Hay poco movimiento. Unos mochileros dan color y se roban la mirada de los pasajeros que aguardan subir al bus para emprender el viaje.

“Amigo  adelante”, es la voz tímida que se oye de uno de los vendedores en la empresa Crucero del Norte. Todos van o vienen de ningún lugar es lo que expresa el rostro de los viajeros. Absortos. Cansados. Confundidos o resignados.

La tradicional masa hecha a base de maíz, no falta para su venta. La Terminal viste su peor gala en un día laboral y con poco movimiento de pasajeros. Mientras las ventas no son buenas, la chipera tienta a la suerte jugando quiniela. “No hay venta”, se queja con voz quejumbrosa y pesimista.

Sentada a lado de la mercadería de dulces y chipa  ofrece con pocos ánimos sus productos.  Nadie la mira ni se acerca a comprar nada.

“Mbaeteco la venta?”, pregunta una viajera. “Oimimi. Amalicia pe huelga culpare ndaipori.mbaeve. Ni gente ndoui terminalpe”, se siguió plagueando mientras la temperatura ya alcanzaba los 34 grados centígrados a las 9.00 de la mañana. Ña María, la chipera, muestra un rostro lastimero, moreno, esculpido por las arrugas. Una mirada perdida es el contacto visual con sus clientes. La jornada es lenta y aburrida.

La chipa es su sustento diario de toda la vida. Ocupa un espacio pequeño y últimamente no vende mucha chipa. Si canasto está casi vacío. Solo le resta esperar vender algo para salvar el día. “Chipa, chipa, dulce”, resuena para ofrecer sus productos.

La pasarela de la terminal está cargada de rostros sin nombres. La chipera, el guarda, el lustrabotas son parte esencial de la Terminal de Ómnibus.  Los viajeros solo son pasajeros.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El llamado del terruño

Tras una pausa laboral, la Terminal de Ómnibus de Asunción fue el punto de encuentro con la vida y la desesperación. Rostros tristes, alegres y opacos desfilaron por la pasarela de las ventanillas de las empresas que ofrecen sus precios de pasajes según la cara de desesperación del cliente. Eran las 14.00 del 24 de diciembre del 2015. Día lluvioso, trágico y nostálgico.

A tan solo horas del brindis, me sumé a ese desfile de rostros desesperados, fui una más entre miles. “Los pasajes ya se terminaron hoy para Coronel Oviedo”, dijo el guarda. Esa respuesta fue tajante en cada ventanilla, en cada empresa. La frustración agonizó en mi corazón. La venta de boletas se disparó y no alcanzó para la demanda de viajeros.

La desesperación de no poder pisar tierra ovetense; esa tierra roja bajo los pies descalzos que guarda tanta vida cotidiana, llena de sacrificio, ese terruño que te extraña y que cada vez que volvés te ve con ojos de extranjero, fue la situación límite al borde de la locura.

Un guarda se acercó y preguntó: ¿para dónde? Coronel Oviedo, respondí. Y solté un suspiro. El hombre me ofreció el pasaje de una mujer, que por motivos desconocidos, decidió no viajar. El negocio se cerró entre ella y yo. Sostuve tan fuerte aquel papel, que por gracia infinita del destino llegó a tiempo para emprender el viaje de 130 kilómetros bien lejos de Asunción.  
El viaje fue como un bálsamo para llegar a casa. “Esa tierra ovetense, con su cielo guaraní, ese es mi hogar”, reflexionaba en cada kilometro recorrido lentamente.

Hace tres décadas que festejo la Navidad en mi terruño. Llegar era una forma de volver a mis raíces: la calle Itacurubí. Esa tierra donde nací, que no me forjó, pero me trajo al mundo me esperaba tan apacible, entre charcos y tierra roja que se impregnó en mis botas.

El olor a verde, a pasto, a cultivo, a chacra a arroyos impregnó mi olfato al llegar a la emblemática Terminal de Coronel Oviedo, ubicada al borde de la ruta.

“Leche, coca, milanesa”, era el grito inmenso de los vendedores ambulantes en la terminal. Pero yo solo podía pensar en mi próxima osadía: ¿cómo llegar tierra adentro?

Los taxistas cesaron el trabajo, eran las 19.00. Con un cielo azul encima de mi cabeza, emprendí camino a pie a casa de mis abuelos maternos, nostálgica pero con fuerzas. Desde la terminal ovetense a mi destino me separaban más de 100.000 pasos o quizás menos, no importó cada paso que daba en la tierra de mi terruño me acercaba cada vez más a mi destino.

Y visualice en un largo camino la otra realidad, otro mundo, bajo el resguardo de los árboles, bajo la vista del crecimiento de los cultivos y pensé: esa es la tierra de mis abuelos, tierra forjada con sudor y sacrificio.

El camino que me llevó a ese lugar mágico,  fue construido por las manos de mi abuelo, a veces  empinado, otros oscuros. Un abrazo, una sonrisa, me esperaban al final del camino, lo que me motivo seguir pese a que mis botas se llenaron de barro. Cada paso era más pesado y difícil. Intenté no llorar y centrarme en el campo.

Cruce el alambrado, los arroyos, los cultivos de maíz y caña, y al fin llegué a la meta. “Mamá, ya estoy acá”, fue mi grito triunfal. Sentí que renací. El ranchito, el tatacua y el calor del hogar estaban allí, en el centro de la Villa Santa Elena. Mi familia  me esperaba  con algarabía en la Noche Buena. El tiempo se me deshizo en polvo, pero llegué, no importa la hora, lo que es importa es volver.